A Django site.
September 3, 2007

Breno (techblog)
breno
Breno Strikes Again
» Mi maldición gitana (primera parte)


Finales de los años ochenta. Caminaba con mi mamá por Miraflores, no tendría yo más de siete años, habíamos estacionado sin problemas, en ese entonces el tráfico limeño no se constituía aún en la cornucopia de autos timón cambiado y perfectos animales que es ahora. Entramos a Oeschle a comprar ropa para ella, la tienda repleta de esa horrenda ropa que se usaba en los ochentas (Warhol, fué tu culpa). Escogidas y pagadas las prendas nos retirabamos de la tienda, mi mamá iba explicándome el por qué igual teníamos que pagar por la ropa, si es que el hijo de los dueños, Fernando, era mi amigo y vecino, eran mis primeros pasos en diplomacía y buenas costumbres. De repente, ante nosotros se proyectó una sombra deforme revelando más atras la figura que la proyectaba, una gitana, fea como ella sóla. No, el misterio y belleza que comúnmente se le atribuye a los gypsies había evadido por completo a esta señora. La miré con curiosidad examinando su curioso aspecto, ella se ofreció a leernos las cartas.

"Gracias pero no.", dijo tajante mi mamá.

Ay! Infelices palabras, la gitana, ofendida por la negativa a permitirle que eche una mirada en el cosmos y vislumbre nuestro futuro cobró su terrible venganza conmigo, me miró fijamente y pronunció el maleficio que me acompañará durante el resto de mis días:

"Yo te maldigo niño, te maldigo ahora y hasta el fin de los tiempos. Iniciado tu camino en la adultez descenderás en los abismos mas profundos de la bajeza del vicio de Baco, legendarios serán los acontecimientos que se darán entonces, desde ese momento, y en adelante cada cuatro años, durante toda tu larga vida."

Petrificado me alejé de la escena mas por inercia ante la impasividad de mi mamá de prestar la más mínima atención a los terribles hechos que por voluntad propia. Ella, feliz con mucha ropa nueva, ignoraba las consecuencias gravísimas de las palabras pronunciadas por la gitana. Yo, sin embargo, sabía que en una década, todo cambiaría.


<<y pasaron los años, pasaron los años, pasaron los años>>




1999. Cumplí 18 años. Días después de mi cumpleaños, estando cerca a finalizar el milenio fui a la reunión por el cumpleaños de Fernando. Valgan verdades la reunión estaba tranquila, por así decirlo. Ocurrente como yo sólo me dije a mi mismo y a unos cuantos reunidos a mi alrededor:

"Bueno señores, dado el aletargado contexto en el que nos encontramos, aprovecharé para degustar TODOS-Y-CADA-UNO de los coctéles, tragos y vinos que me sean alcanzados en esta tranquila noche de Octubre"

Grave error, la maldición de la vieja seguía conmigo, diez años después, y se valió de la sola revelación de intención de este acto de insensatez mío para proceder a poseer en espíritu al mozo que se encontraba oficiando esa noche, el cual, incapaz ya de controlar sus emociones y ergo, de mostrar el más mínimo asomo de humanidad procedió a proveerme, sin mediar descanso alguno, de todo tipo de bebidas espirituosas, las cuales consumí sin titubear, tal era el destino del cual no podía escapar.

Lo que sucede después son trozos de ficción y leyenda mezclados, referidos a mí por los infortunados invitados a dicha celebración. Escenas de mi persona durmiendo en los más escabrosos reconditos de la casa de mi amigo. Versiones contradictorias en algunos casos, otras, coincidentes, que refieren sucesos como el acercarme a gilear a la enamorada de un invitado, estando el invitado ahí presente. Un desconocido Breno corriendo por la casa cantando terribles músicas en lenguas malignas ya olvidadas. Lluvia mojándome cuando decido proclamar en un momento de la noche el jardín trasero de la casa como mi nuevo imperio, y procedo a dormir ahí por un incalculable espacio de tiempo. Visitando repetidas veces dimensiones desconocidas en las que caudales y efluvios coloreados infinitos eran arrojados por mi persona en recipientes de porcelana, dentro de habitaciones claustrofóbicas adornadas por espejos etéreos y mayólicas místicas. Mi mente, ante el horror de éstos y otros terribles actos demoníacos, tomó la sabia decisión de intentar esconderlos para siempre en alguna caverna de mi subconsiente. Estos recuerdos sin embargo, alimentados sin duda por la maldición logran escapar de vez en cuando, regresando a mí en ondas de pavor que me impiden conciliar el sueño por las noches, si no es con ayuda de poderosos narcóticos (pedos).

La gitana no se equivocó, cuatro años después, en el 2003, un episodio de naturaleza similar se volvió a dar. No referiré esta historia aún, sigo movido por lo difícil que ha sido volcar mi primera experiencia con lo fatídico de mi destino en este texto.

Actualmente tengo 25 años y la maldición sigue conmigo. Por favor, queridos amigos, velen siempre por mí. Durante las noches, cuando nos encontremos reunidos en celebración no despeguen sus avisores ojos de mi persona, bajo ningún motivo. Guardo unas frágiles gotas de esperanza de que juntos podamos controlarme. La maldición sin embargo, sigue latente y solo ella sabe en qué momento hará que despierta nuevamente la bestia que llevo dentro. Recen a los dioses por mí.

Compartan ahora, mis queridos lectores, comentarios sobre sus historias de vergonzosa ebriedad.


Breno Colom
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Breno Strikes Again
» Mi maldición gitana (primera parte)


Finales de los años ochenta. Caminaba con mi mamá por Miraflores, no tendría yo más de siete años, habíamos estacionado sin problemas, en ese entonces el tráfico limeño no se constituía aún en la cornucopia de autos timón cambiado y perfectos animales que es ahora. Entramos a Oeschle a comprar ropa para ella, la tienda repleta de esa horrenda ropa que se usaba en los ochentas (Warhol, fué tu culpa). Escogidas y pagadas las prendas nos retirabamos de la tienda, mi mamá iba explicándome el por qué igual teníamos que pagar por la ropa, si es que el hijo de los dueños, Fernando, era mi amigo y vecino, eran mis primeros pasos en diplomacía y buenas costumbres. De repente, ante nosotros se proyectó una sombra deforme revelando más atras la figura que la proyectaba, una gitana, fea como ella sóla. No, el misterio y belleza que comúnmente se le atribuye a los gypsies había evadido por completo a esta señora. La miré con curiosidad examinando su curioso aspecto, ella se ofreció a leernos las cartas.

“Gracias pero no.”, dijo tajante mi mamá.

Ay! Infelices palabras, la gitana, ofendida por la negativa a permitirle que eche una mirada en el cosmos y vislumbre nuestro futuro cobró su terrible venganza conmigo, me miró fijamente y pronunció el maleficio que me acompañará durante el resto de mis días:

“Yo te maldigo niño, te maldigo ahora y hasta el fin de los tiempos. Iniciado tu camino en la adultez descenderás en los abismos mas profundos de la bajeza del vicio de Baco, legendarios serán los acontecimientos que se darán entonces, desde ese momento, y en adelante cada cuatro años, durante toda tu larga vida.”

Petrificado me alejé de la escena mas por inercia ante la impasividad de mi mamá de prestar la más mínima atención a los terribles hechos que por voluntad propia. Ella, feliz con mucha ropa nueva, ignoraba las consecuencias gravísimas de las palabras pronunciadas por la gitana. Yo, sin embargo, sabía que en una década, todo cambiaría.

<<y pasaron los años, pasaron los años, pasaron los años>>

1999. Cumplí 18 años. Días después de mi cumpleaños, estando cerca a finalizar el milenio fui a la reunión por el cumpleaños de Fernando. Valgan verdades la reunión estaba tranquila, por así decirlo. Ocurrente como yo sólo me dije a mi mismo y a unos cuantos reunidos a mi alrededor:

“Bueno señores, dado el aletargado contexto en el que nos encontramos, aprovecharé para degustar TODOS-Y-CADA-UNO de los coctéles, tragos y vinos que me sean alcanzados en esta tranquila noche de Octubre”

Grave error, la maldición de la vieja seguía conmigo, diez años después, y se valió de la sola revelación de intención de este acto de insensatez mío para proceder a poseer en espíritu al mozo que se encontraba oficiando esa noche, el cual, incapaz ya de controlar sus emociones y ergo, de mostrar el más mínimo asomo de humanidad procedió a proveerme, sin mediar descanso alguno, de todo tipo de bebidas espirituosas, las cuales consumí sin titubear, tal era el destino del cual no podía escapar.

Lo que sucede después son trozos de ficción y leyenda mezclados, referidos a mí por los infortunados invitados a dicha celebración. Escenas de mi persona durmiendo en los más escabrosos reconditos de la casa de mi amigo. Versiones contradictorias en algunos casos, otras, coincidentes, que refieren sucesos como el acercarme a gilear a la enamorada de un invitado, estando el invitado ahí presente. Un desconocido Breno corriendo por la casa cantando terribles músicas en lenguas malignas ya olvidadas. Lluvia mojándome cuando decido proclamar en un momento de la noche el jardín trasero de la casa como mi nuevo imperio, y procedo a dormir ahí por un incalculable espacio de tiempo. Visitando repetidas veces dimensiones desconocidas en las que caudales y efluvios coloreados infinitos eran arrojados por mi persona en recipientes de porcelana, dentro de habitaciones claustrofóbicas adornadas por espejos etéreos y mayólicas místicas. Mi mente, ante el horror de éstos y otros terribles actos demoníacos, tomó la sabia decisión de intentar esconderlos para siempre en alguna caverna de mi subconsiente. Estos recuerdos sin embargo, alimentados sin duda por la maldición logran escapar de vez en cuando, regresando a mí en ondas de pavor que me impiden conciliar el sueño por las noches, si no es con ayuda de poderosos narcóticos (pedos).

La gitana no se equivocó, cuatro años después, en el 2003, un episodio de naturaleza similar se volvió a dar. No referiré esta historia aún, sigo movido por lo difícil que ha sido volcar mi primera experiencia con lo fatídico de mi destino en este texto.

Actualmente tengo 25 años y la maldición sigue conmigo. Por favor, queridos amigos, velen siempre por mí. Durante las noches, cuando nos encontremos reunidos en celebración no despeguen sus avisores ojos de mi persona, bajo ningún motivo. Guardo unas frágiles gotas de esperanza de que juntos podamos controlarme. La maldición sin embargo, sigue latente y solo ella sabe en qué momento hará que despierta nuevamente la bestia que llevo dentro. Recen a los dioses por mí.

Compartan ahora, mis queridos lectores, comentarios sobre sus historias de vergonzosa ebriedad.

August 23, 2007

Breno (techblog)
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Breno Strikes Again
» Oso Bar y las noches que prometen tanto



Hace dos años y medio, quizás tres, encontré el Oso Bar en una callecita miraflorina. La música era buena y el ambiente era tranquilón, había un osito de felpa detrás de la barra principal, todo estaba bastante bien. Eso fue hace dos años y medio, quizás tres. Hoy Oso Bar es un maremagnum, es caos, son ochocientas personas atiborradas en un local más pequeño que mi departamento. Quizás sea por eso que la última vez que fui estuve enfrascado en cosas de nerds en lugar de socializar con gente que no veía hace tiempo? Oh vamos, no me juzguen, ya quiero verlos en medio de esa granja nocturna.

Ah pero yo soy terco, hace tiempo que está así y de vez en cuando sigo apareciéndome. Es que yo soy un enamorado de la noche.





. . .


No soy peruano, nací en Barcelona, mi familia vino a vivir acá finalmente contra todo lo planeado. Muchos de mis amigos peruanos odian el Perú, odian Lima. Queridos amigos, siento mucho discrepar. Las razones que tengo para querer a esta gris ciudad son muchas pero hoy, y a tono con la anterior parte de este post, menciono una relacionada con el salir. Imaginen este escenario:
Es un viernes por la noche, estas perdido por algún lugar de la ciudad, a pesar de que estás con amigos y amigas te encuentras sólo de alguna manera, bebiendo algo relajadamente. Y sucede.
Ves a alguien que te llama la atención, te sientes correspondido, las miradas se cruzan y se siguen cruzando. La situación quizás no es la más propicia para conocerse, pueden estar en grupos aislados, puede que se esté yendo. No importa, sigues tomando tranquilamente, después de todo estás en Lima, no en otra ciudad, sabes que ni los ocho millones de habitantes ni nadie van a evitar que vuelvas a encontrarte con esa persona. Eso sólo en Lima.

Ah nada que hacer, soy un enamorado de la noche.




. . .

Esta semana volví a despertar.